Andrés Pascual | Anda tu propio camino
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Anda tu propio camino

Anda tu propio camino

¿Has tenido alguna vez la sensación de estar viviendo la vida de otro? ¿Sientes que te falta algo?

A mí me ha ocurrido. Nuestra sociedad hace que todos, en un momento u otro, vivamos una vida que no gobernamos, empujados por la inercia del trabajo, por una relación inapropiada, por el caos cotidiano, por la desidia o la frustración.

Lo confirmo cada día con muchos lectores y con la gente que me rodea. Al enterarse de que hace unos meses dejé el bufete de abogados al que he entregado veinte años para dedicarme en exclusiva a la escritura, me paran por la calle y, apretándome el brazo con complicidad, me susurran al oído: «Qué suerte poder hacer lo que amas».

Es entonces cuando me estremezco al pensar: ¿No debería ser así siempre, entregarnos en cuerpo y alma a aquello que amamos? Y no hablo necesariamente de cambiar de vida de forma radical, pegar un giro de 180 grados y romper con todo gritando «¡Carpe diem!». Bien sé que vivimos en un mundo complejo, con muchos hilos que manejar para que no se caiga la cometa. Hablo de sentirnos realizados, de salir corriendo tras esas cosas que hacen que el corazón nos lata de una forma especial, que nos dibujan una sonrisa que no nos cabe en la boca.

Mi padre ha pasado décadas lamentándose porque le habría encantado tocar el saxo y, al mismo tiempo, auto convenciéndose de que era una labor imposible. Imposible… Con sesenta años decidió que las únicas barreras estaban en su mente, empezó a ensayar y, a sabiendas de que nunca será Charlie Parker, ese instrumento llena su vida de luz. Ahora, con setenta y tantos, ha empezado a alternar el saxo con la armónica, más fácil de transportar de aquí para allá. De nuevo página uno. De nuevo esa sonrisa de emoción. Nada te impide perseguir lo que amas, sea lo que sea y en cualquier momento.

Tal vez estés pensando: «De acuerdo. ¡Quiero encontrar mi propósito vital, perseguir mis metas y sueños! Pero ¿de verdad puede alcanzarlos una persona normal?».

Todos somos personas normales. Aquellos que protagonizaron los grandes hitos de la historia eran como tú y como yo, con sus virtudes y sus debilidades. Su único acierto fue ser conscientes de cuáles eran esas virtudes, para potenciarlas, y cuáles sus debilidades, para combatirlas o, cuando menos, evitar que gangrenasen el resto de su ser.

Cuando llegue el momento y estemos en el lecho de muerte, viejecitos y con el rostro lleno de arrugas, parados ante eso que llaman el túnel nos formularemos una única pregunta: ¿He aprovechado como debía el viaje de mi vida?

En ese instante, nadie (ni siquiera nosotros mismos, que somos nuestros jueces más despiadados) va a pedirnos cuentas por no haber alcanzado alguna de las cosas que amamos. Lo que sí nos reprocharemos (y no quiero imaginar la tristeza que sentiría, más vale que esto no ocurra) es no haber caminado hacia ellas.

No desperdicies ni un minuto del viaje de tu vida.

Yo vivía una vida muy cómoda. Pero un buen día me miré al espejo y no me reconocí.

Entonces comencé a viajar y todo cambió.

En los viajes encontré mil respuestas. Más bien, mil nuevas preguntas que hacían que me replantease mi propia realidad. Encontré inspiración para las que más tarde fueron mis novelas y, lo más importante, atesoré diez preciosas enseñanzas que me han guiado en el viaje más importante de todos: el que realicé a lo más profundo de mi corazón para descubrir lo que amaba de verdad y redirigir mi vida.

Hoy escribo estas páginas desde una buhardilla londinense en el barrio de Notting Hill, con sus fachadas color pastel, cerca de otra zona llamada Bayswater que también me apasiona por la mezcla de culturas, con sus locales persas, griegos, coreanos… Es como estar en todos esos países al mismo tiempo. Basta con volver la cabeza y mirar a la acera de enfrente.

Estoy aquí y me dedico a lo que amo. No sé si será o no para siempre (¿qué es eso de «para siempre»?), pero soy feliz. Mejor todavía, estoy tranquilo. La felicidad es algo etéreo, algo que disfrutas unos segundos antes de que se te escape entre los dedos, desvaneciéndose como el humo. Pero la serenidad, la paz… eso no se paga con dinero. Sé que estoy haciendo lo que tengo que hacer en este momento: escribir este libro, preparar el siguiente, perfeccionar mi inglés…

Es un camino largo, un camino difícil y sobre todo un camino inseguro. A todas luces, mucho más incierto que el boyante despacho de abogado con veinte años de experiencia que he dejado para estar hoy aquí. Pero es mi camino.

Estoy viviendo mi propia vida.

Esto hace que me sienta inmensamente agradecido; y por ello he escrito este puñado de páginas. Para compartir contigo mis dos viajes simultáneos, el geográfico y el interior. Quiero que me acompañes y vivas como tuyas las aventuras por los diez fascinantes rincones del globo que me hicieron cambiar, para que tú también te transformes con ellas.

Diez escalas. Diez herramientas. Un único objetivo: lanzarte a perseguir las cosas que amas.

(Extracto del primer capítulo de “El viaje de tu vida”)

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