Andrés Pascual
The old man by the river of cremations
          El ruido de las motocicletas retumbaba en la habitación del hotel, pero estábamos en pleno Agosto y para respirar un poco de aire fresco había que mantener abierta la ventana. No me disgustaba estar en Katmandú en época de lluvias. Las tormentas limpiaban las calles cada día, llevándose hacia las alcantarillas el polvo terroso que todo lo invadía y el tizne del humo de los vehículos.
          Bien avanzada la tarde me deslicé por las cuestas del extrarradio hasta la base de una colina empedrada, mohosa y gris. Me acerqué hasta un letrero y comprobé que allí se alzaba Pashupatinath, la colonia de hindúes conocida en toda la ciudad por sus cremaciones nocturnas, esa antesala del cielo o del infierno que hasta entonces no se había cruzado en mi camino.
          Inicié la subida de las escaleras que rodeaban la colina entre una suerte de santones y faquires que estiraban sus brazos huesudos pidiéndome una limosna y ofreciéndome bendiciones baratas. Al momento señalaron hacia arriba, iniciando una coreografía de dedos que me hacía seguir adelante.
          Al superar la parte más alta de la colina comencé el descenso hacia la otra cara de la ladera. Desde allí se divisaba la ribera del río sagrado, las aguas purificadoras de su pequeño Ganges privado. Bajé acompañado de una familia de monos que buscaban algún resto de comida y de los ojos censores de docenas de esculturas de Shiva. Cuando llegué al puente me quedé tan sorprendido de lo que vi que tuve que apoyar las manos sobre la baranda de piedra desde la que varios niños saltaban al agua.
          El río estaba flanqueado por dos escalinatas en las que se agolpaban los asistentes al ritual. Junto al agua, los familiares de cada difunto rodeaban los ghats, unas mesetas de piedra que servían de apoyo para las piras sobre las que se depositaba el cadáver. Allí esperaban a que el fuego alcanzase su punto álgido y se llevara los restos de su ser querido. Los muertos, envueltos en coloridas sábanas amarillas y naranjas y cubiertos de flores, aguardaban su momento tendidos en las escaleras con los pies introducidos en el agua. Los hermanos varones de los fallecidos y también los esposos se afeitaban unos a otros la cabeza en señal de duelo con un gran cuchillo hasta quedar completamente calvos. Desde la otra orilla las mujeres y las niñas hacían sonar platillos, campanas y panderetas mientras llenaban con cantos, unas veces desgarrados y otras joviales, el ambiente invadido por el humo.
          Unas piras se consumían con más rapidez que otras, dando lugar a un relevo de cremaciones entre todas las familias que, por riguroso orden de llegada, esperaban su turno con sus finados en brazos, acurrucados en algún rincón de la escalinata.
          Los encargados de organizar las ceremonias llenaban de queroseno las bocas de los muertos para que el fuego comenzase su festín por el cráneo; así, cuando la madera y la hojarasca desaparecían entre las llamas también lo hacían los huesos y las entrañas inertes, dejando sólo ceniza, lamentos desconsolados y sueños esperanzados de reencuentro. Volvía entonces el oficiante con un palo y empujaba al río todo cuanto quedaba sobre la piedra ennegrecida. Mientras tanto, los familiares arrojaban al agua las coronas de flores que antes habían retirado del cadáver, dejándolas vagar con la corriente. Los niños saltaban desde cualquier saliente, desde las edificaciones o las estupas contiguas al Bagmati, riendo entre la desgracia y la estela de las almas, buscando las monedas u otras ofrendas caídas de los ropajes calcinados.
          Cuando la noche se cernió sobre Pashupatinath varios jóvenes se introdujeron en el agua y depositaron con cuidado flores y pequeñas velas encendidas que flotaban sobre hojas de loto. En unos instantes todo el río estaba cubierto de un manto de estrellas. Me quedé mirando hacia las luces que se alejaban entre la bruma, como si una comitiva de hadas acompañara a los muertos en su último viaje.
          Casi todo el mundo había abandonado ya el templo, pero yo continuaba sentado junto al puente. Sólo unos pocos ancianos y algunos niños vagaban por allí. Había algo que me impedía abandonar el lugar.
          Un hindú con un bastón retorcido se acercaba encorvado hacia donde yo me encontraba. Vestía unos harapos que se confundían con su piel grisácea. Se detuvo frente a mí y giró la cabeza con dificultad, comenzando a hablar. Yo asentía tratando de que se fuera cuanto antes, pero el viejo continuaba su charla sin inmutarse. Apareció entonces uno de los niños que por la tarde habían saltado varias veces al río y se dirigió a mí.
          -No le haga caso, está muerto.
          -¿Qué dices? -Es uno de los viejos del hospital de los muertos. Mire, aquel de allí.
          Señaló hacia la otra orilla, donde se levantaba un edificio adherido al templo, compartiendo la misma piedra oscura y húmeda.
          -¿Qué es eso del hospital de los muertos?
          -Allí acuden todos los viejos enfermos cuando saben que van a morir, cuando ya no pueden vivir en la calle.
          >-¿Son todos mendigos? –le pregunté.
          -Son gente que no tienen casa o familia. Pero al menos tienen la certeza de que una vez muertos serán quemados en el río por los enfermeros. Si murieran en cualquier otro sitio nadie se molestaría en traerlos hasta aquí para la ceremonia.
          El anciano me miraba fijamente, complacido al comprender que el niño me explicaba cosas acerca de él. Sonreía y levantaba el bastón señalando hacia el hospital. Le pregunté qué tal se vivía allí. El niño tradujo mis palabras con facilidad.
          -¿Por qué preguntas eso? –contestó el viejo.
          -Me agradaría saber que le tratan bien en sus últimos días, ya que está usted tan despierto y tranquilo.
          -Hace muchos años que estoy tranquilo –declaró–. Y deseo que cuando llegue tu hora estés tan despierto como yo para darte cuenta de que has aprovechado tu tiempo.
          -¿Cómo lo sabré? –susurré.
          -Consagra tu vida al amor y cuando se acerque el fin podrás esperarlo sin miedo ni angustia.
          El niño se fue corriendo tras la llamada de sus amigos. El viejo se dio la vuelta y regresó al hospital. Yo permanecí sentado unos minutos y me perdí en la noche en dirección al hotel.
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