Asha había tenido la suerte de vivir una vida acomodada en una India difícil. Desde que era una niña había estado rodeada de extranjeros. Ashrom, su padre, uno de los constructores mejor considerados de la región, contactó con los responsables de las organizaciones de cooperación que, décadas atrás, iniciaron en Dharamsala los primeros proyectos de desarrollo en apoyo de los exiliados tibetanos. Llegó un día en el que su empresa se hizo imprescindible. Ashrom era honrado y un buen profesional. Así se granjeó la confianza de las agencias internacionales y llegó a participar en la mayor parte de los programas de construcción de puentes, canalizaciones y caminos de montaña.
Asha estaba acostumbrada a corretear por las obras, entre las casetas de madera que instalaban a modo de oficina en algún rincón resguardado del monzón que, tarde o temprano, acometía bravo e irrevocable. En esos días, cuando saltaba descalza de charco en charco, no había un sólo cooperante, ya fueran ingenieros o trabajadores de campo, que no quisiera llevársela a casa a su vuelta. Aprendió inglés y francés como si fuera un juego. Cuando quería algo agachaba la cabeza, abría sus ojos enormes y te miraba desde abajo, de aquella manera. |