Andrés Pascual
El Compositor de Tormentas Cómo se conocieron Malcolm y Louise Farewell
          Cuando Louise, la madre de Martha, llegó a Delhi treinta y dos años atrás para escribir su primer reportaje en Asia no podía suponer que en aquella ciudad establecería su hogar para el tiempo tan breve que le restaba por vivir.
          Antes de que aquello ocurriera, Louise llenaba las páginas culturales de su revista parisina y sólo soñaba con salir algún día de Francia. Ya para entonces se mostraba inquieta y se desplazaba sin pereza a todos los rincones del país para entrevistar a la última generación de pintores y literatos de moda. Por eso celebró la oferta que le hizo el jefe de la editorial para que sustituyese al corresponsal que se ocupaba del continente asiático, el lugar donde todos aquellos artistas a los que entrevistaba, y ella misma, habrían querido nacer y vivir. El anterior reportero dejó libre el puesto al regresar a París con un brote de malaria. Pasó veinte días hospitalizado hasta que finalmente lo enviaron a Normandía con su familia, una vez que los médicos confirmaron que la fiebre tardaría meses en bajar. Ello asustó al resto de colaboradores más veteranos que Louise, declarando en cuarentena la región en un momento en el que la revista necesitaba constante material de Oriente para mantener su política estética y de contenidos. Fue entonces cuando el editor, abandonado por sus redactores de siempre, le propuso a Louise cubrir un reportaje extenso a modo de prueba.
          Por fin tenía ante sí la posibilidad de iniciar su gran viaje. Sin miedo a nada, sin saber que se vería cara a cara con una vida tan desconocida como inesperada y para la que, como pronto descubrió, había nacido.
          Pocos días después aterrizó en una ciudad despierta, verde y abierta al mundo. Encontró una India que dejaba atrás el lastre de tantos años de Corona Británica. Fotografió las caras de los niños, los ojos penetrantes orlados de khol, los cráneos rasurados, las perlas del color de casta en la frente, los ciclo-carros cargados de escobas, de jaulas de pollos y de alfombras enrolladas. Bebió el ansia de paz que inundó al país tras la independencia al mismo tiempo que Indira iniciaba la carrera nuclear para aparentar ser una nación moderna. Esa era la Delhi que Louise buscaba plasmar en su artículo, la India del Norte crisolada en la religión, en la política, la India de contrastes que daba cabida a todas las aspiraciones, pero también a todas las miserias llevadas a lo infrahumano.<
          Louise recorrió los mercados, varias veces el bazar de Chandni Chowk junto al Fuerte Rojo, cuando todavía era un genuino zoco de especias, con callejuelas visibles entre los puestos, perdidas hacia la sombra de los adentros del barrio, en el dominio de las ratas, bajo las sábanas y saris tendidos entre el cableado eléctrico. Estampó en papel Kodak la plena confianza del pueblo en sus propias posibilidades y transcribió en su libreta Moleskine las declaraciones más reveladoras de varios miembros del Parlamento. Quería captar lo que sentía una sociedad que, cinco mil años después de haber creado las primeras cien ciudades y de haberlas sostenido a base de sus propios sistemas de castas, sufría la rebelión de los parias alentados por haber olisqueado de lejos los derechos emanados de una bisoña constitución.
          La avidez habitual de Louise y la responsabilidad que entrañaba su primer trabajo fuera de Francia le mantuvieron en un permanente estado de excitación hasta el día que conoció a Malcolm Farewell.
          Ese día se sintió extrañamente sosegada, rendida por el cansancio acumulado y feliz a pesar de que aún no sabía que estaba enamorada. Debería de haberse dado cuenta, ya que al verle afloraron cada una de sus emociones, estallando de manera insubordinada en una particular muestra de pirotecnia.
          El joven empresario se acercó a la última mesa del salón premiere del Hotel Imperial. La cristalera traslúcida transformaba los rayos de sol, veteando el ambiente de verde y ocre. Louise charlaba con el dueño de un periódico local. Desplegó su fuerza apenas girando el cuello, largo y blanco, cuando el editor se levantó para presentarlos. Le clavó sus ojos con el descaro aprendido en el barrio latino, anudándose el lazo de gasa que recogía su pelo rojo. Malcolm vestía un traje de lino blanco. Destacaba el cinturón de cocodrilo, como los zapatos, como la correa del Omega. La exquisitez de su vestuario y de sus formas no se correspondía con la juventud que traslucía su rostro tostado. Louise fue a levantarse pero él se inclinó a besarle la mano. Hacía tiempo que no la trataban como a una princesa. Así se sintió mientras apretaba el cuero encorchetado del sillón chester con el nerviosismo propio de una colegiala. No le gustaba sentirse indefensa, pero a la vez le estimulaba saberse capaz de doblegarse ante una mirada, aunque fuese durante un instante.
          Al día siguiente Malcolm envió a su chofer a la puerta del hotel con instrucciones de guiarla por la ciudad. Le abrió todas las puertas, hasta la de la barbería que había detrás de la mezquita, donde se reunían los activistas más exaltados de la oposición. Lo mismo hizo al día siguiente, y al siguiente.
          Cuando regresó a su habitación aquella tercera noche, Louise encontró una nota sobre la cama con una dirección escrita. Aceptó la invitación de Malcolm y pasó una noche inolvidable surcando todas las ciudades que, juntas, formaban aquella Delhi quimérica. Cenaron a la luz trémula de las velas sobre un mantel de hilo, con cubiertos de plata que alguna vez debieron pertenecer a alguno de los oficiales de la Corona; después tomaron té bajo la bombilla intermitente del taller de un zapatero amigo de Malcolm, entre los tenderetes de Connaught Place, el bullicioso corazón de la urbe que veía cómo sus pensiones se llenaban de mochileros venidos de Europa; y despidieron aquella noche única en un rincón secreto a la orilla del río Yamuna, tras la casa de un barquero.
          Allí hablaron por primera vez de Dharamsala, la región cedida por el gobierno indio al Dalai Lama y a sus seguidores exiliados. Hablaron de cómo la danza de las túnicas rojas había apaciguado el corazón del Malcolm. El industrial le contó con detalle los pasos que le llevaron hasta la India; cómo conoció en Delhi a los emisarios enviados por el gobierno del Dalai; cómo se unió a ellos desde el primer momento, forjando la alianza mutua que tanto les había dado; cómo juró no alejarse nunca de aquella tierra y afanarse en salvaguardar cualquier ápice de cultura tibetana que los exiliados hubiesen logrado traer consigo a través de la cordillera; cómo su ímpetu le había llevado en más de una ocasión a traspasar esas montañas e internarse en el Tíbet en misiones cada vez más arriesgadas; y cómo se sentía cuando de nuevo regresaba a Delhi, se sentaba en el sillón de la sala, ponía en marcha el tocadiscos y respiraba el recuerdo húmedo de la bruma que cubría la meseta por la mañana.
          A pesar de que guardó para sí todas las historias que su condición de antiguo colaborador de los servicios ingleses de información le impedía revelar, pensó que nunca se había abierto así a nadie. Sin ningún rubor se confesaba un loco afortunado en su mejor momento, sabiéndose por primera vez capaz de ofrecerse a la persona que tuviera que llegar para acompañarle en la vida. Así de claro lo tenía, lo cual no dejó de asustar a Louise.
          Cuando anunciaron la salida de su vuelo, Louise no podía creer haber pasado dos semanas en Delhi. Regresaba a París con la maleta repleta de carretes, con el olor de Malcolm aprisionado en la seda de su ropa, con unos gramos menos de peso, ya que una parte de su alma vagaba por Ramakrishna Puram Road, condenada a no atreverse a traspasar la verja del número 24 donde él vivía.
          Cerró los ojos en el avión y se obligó a no abrirlos hasta que llegase a Montmartre, para que así fuera más fácil creer que todo había sido una mera fantasía. Empujó la puerta de su apartamento, dejó las maletas en el suelo y la consabida disposición de los muebles y la fragancia de los claveles de la Sra. Gibert que crecían en el patio le sirvieron de bálsamo reparador, definitivamente trayéndola a la que creía su vida, envidiable en la ciudad de la luz.
          Y como era de esperar pasaron las horas y finalmente consiguió dormir. Los ecos nocturnos del barrio le sonaban desconocidos, a pesar de que la habían acunado cada noche hasta hacía tan sólo dos semanas.
          Y como era de esperar pasaron los días y ninguno de ellos dejó de tomar su desayuno en la cafetería que hacía esquina frente a la parada del metro. Se sentaba en la mesa que había junto a la cristalera, envolvía la taza con las manos y sentía el vapor del té en la barbilla.
          Y como era de esperar pasaron las semanas y el editor decidió incluir el reportaje de Louise titulado “Noticias de Delhi” como cabecera del dominical, haciéndolo coincidir con la fecha en la que la India consiguió su independencia de la Corona.
          Louise esperó en la redacción hasta que llegaron los primeros paquetes anudados. Cientos de revistas, cientos de veces sus fotografías. Cientos de veces sus “Noticias de Delhi”.
          Louise no quería reconocer que mientras pasaba lentamente las páginas le reventaba el pecho, que su corazón latía con un ritmo inusitado. Tampoco quería reconocerse a sí misma cuando deslizaba la yema de los dedos sobre el título del reportaje, ni cuando metió la revista en un sobre y la facturó por correo aéreo hasta el Hotel Imperial.
          El paquete tardó en llegar a Delhi, pero al director le satisfizo ver una foto de su imponente salón premiere en la publicación europea. Se congratuló por haber alojado a la autora y durante días mostró el artículo a todo el personal y a los huéspedes más importantes. Después, en honor a la periodista, dejó la revista sobre la última mesa, junto al sillón chester donde Louise repasaba sus notas con el café del desayuno durante su estancia en el Imperial.
          Y como era de esperar pasaron los meses y Malcolm Farewell regresó al hotel. Se asomó al salón premiere buscando a dos técnicos que habían llegado de Londres para hacer la puesta a punto de la nueva máquina comprada para la fábrica. <<Todavía no han bajado de sus habitaciones>>, le informó el recepcionista. Malcolm avanzó por el salón hasta el fondo, paso a paso hasta la última mesa. Se sentó en el sofá y acarició la piel, pensando que la marca que le había dejado la reportera francesa tenía la misma textura que el cuero: tan perfecta que parecía inalcanzable, y a la vez verdadera, brillante. Hizo una seña y el camarero se acercó estirándose la camisola. Pidió té y un papel para escribir una nota a los técnicos ingleses. Vio la revista sobre la silla contigua y la cogió para apoyar el papel.
          La pluma se detuvo a mitad de frase. El camarero pensó que le ocurría algo. Malcolm le indicó que podía marcharse.
          “Noticias de Delhi”, por Louise Devois.
          También él acarició las fotografías y navegó por el texto. A punto estuvo de sollozar cuando reconoció entre sus líneas a la Louise más bella que había imaginado.
          Malcolm partió en el primer vuelo a París.
          Cuando volvió, volvió con ella y se quedaron en Delhi para siempre.
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