El lama oscuro era especial. A él acudían los otros maestros cuando nadie les veía. Hacía tiempo que los seguidores de la orden geluk gobernaban el monasterio y el lama oscuro no participaba de su doctrina. Consideraba que sus enseñanzas no se correspondían con aquellas que había leído, las antiguas. Por eso un día abandonó la lamasería y se confinó en su pozo de eremita. Se dedicaba a la contemplación sentado en su agujero, incluso en invierno, cuando la trampilla se cubría por varios metros de nieve, dejándole encerrado hasta que la primavera la disolvía y se la llevaba río abajo.
El lama oscuro era un hombre hosco, pero siempre contestaba las preguntas que le formulaban los demás maestros, quienes abandonaban el lugar satisfechos aunque negasen haber ido a visitarle. Poco tiempo atrás, bien entrado el siglo XVIII, la orden geluk, también llamada “los del sombrero amarillo” desde que su fundador Tsongkapa cambiase el color rojo de los antiguos birretes, había luchado para hacerse con la hegemonía en los monasterios de la zona. Fue el propio V Dalai Lama, el “Gran Quinto” que llenó de esplendor todas las regiones tibetanas, quien aprovechó una interrupción brusca de las relaciones entre las diferentes órdenes y justificó una invasión pacífica de los territorios de las demás que terminó con la imposición de su doctrina en todas las lamaserías cercanas. Nadie se planteaba discutir sus enseñanzas.
A todos los vecinos de la ciudad les sorprendió que el mismo abad de la lamasería acudiese a visitar al lama oscuro. Lo hizo el 14 de Septiembre de 1781, vencido por la pena que sentía al ver a su madre dormida desde hacía trece años, ininterrumpidamente, inmóvil sobre el camastro.
El lama oscuro miró hacia arriba después de que el abad levantase la trampilla y le dijo:
<<Aunque nunca te he visto antes, sé que eres el nuevo abad de la lamasería>>.
También le dijo:
<<Sé que nunca habrías venido a verme de no ser que algo muy importante agitase tu vida>>.
El abad le pidió que abandonase su pozo de eremita sólo por un día. Necesitaba que el lama oscuro le acompañase a ver a su madre. Toda su familia estaba cayendo en la demencia. No podían soportar verla dormir más tiempo sin saber cuál era la causa de tan profundo sueño. Le habían pedido al abad que consiguiese convencer al eremita para que leyera la mente de la madre durmiente. Todos sabían que mientras el lama oscuro vivía en la lamasería se había ganado la fama de saber leer en las mentes ajenas. El lama oscuro accedió y prometió acudir a la cita para emitir un diagnóstico. Acordaron verse al día siguiente. El lama oscuro necesitaba varias horas para desentumecer sus músculos y conseguir que sus piernas soportasen el peso de su cuerpo.
El lama oscuro se dirigió a la casa de la mujer durmiente. Atravesó las empinadas calles de la ciudad, subiendo por la cuesta de la gran estupa hasta la loma donde se ubicaban las viviendas de la gente adinerada. Miraba al suelo y observaba las huellas que sus pies dejaban en el barro. Un cuervo daba saltos con las alas desplegadas en el escalón de entrada a la casa. Empujó la puerta y vio que le esperaba la familia entera.
El abad estaba sentado en el borde del camastro donde reposaba su madre y los demás permanecían de pie, en círculo a su alrededor. Los sobrinos del abad, dos novicios gemelos que habían ingresado en la lamasería al cumplir los siete años, se sentaron en una esquina del cuarto terroso. El lama oscuro se acercó a la mujer durmiente y posó la mano en su hombro. Se concentró y dirigió su mente hacia las clarividentes regiones de la conciencia unificada. Introdujo su energía mental en la concavidad central del cerebro y se conectó con su ser más íntimo. Minutos después regresaba a su estado original de conciencia. Entonces confirmó, ante la mirada de todos, que había alcanzado el tabernáculo secreto del corazón de la anciana. Más aún, que había llegado a su ser más íntimo, donde había hallado la causa de su padecimiento. Los ojos del abad se abrieron como nunca, sus pómulos se enrojecieron. Los novicios le observaban desde su rincón con la boca abierta. Por fin, el lama oscuro resolvió que lo único que le ocurría a la madre durmiente era que soñaba de continuo que estaba despierta.
Esa era la respuesta: soñaba que estaba despierta, por lo que no se proponía despertar.
La primera reacción del abad fue encolerizarse con el lama oscuro. Le obligó a abandonar la casa y le juró que si volvía a verle con un pie fuera de su pozo de eremita haría uso de su potestad para que le encarcelasen de por vida. El lama oscuro caminó de vuelta a su refugio, reconociendo en el barro las marcas de sus pisadas. El abad regresó a grandes zancadas a la lamasería. Subió las escaleras de dos en dos y se encerró en su estancia.
El atisbo de cólera del abad no surgió de la incapacidad del lama oscuro para sanar a su madre. Bien sabía el abad que el eremita había respondido a sus expectativas, pero no podía reconocerlo delante de sus familiares. El lama oscuro había descubierto que era el propio abad quien provocaba el mal de la madre durmiente. La madre durmiente había optado por sumirse en aquel sueño engañoso para que su hijo abad se diese cuenta de que él también estaba dormido, de forma igualmente engañosa, y que así nunca conseguiría seguir la senda verdadera. Desde que fue nombrado abad de los gelukpa no había hecho otra cosa que tratar de imponer su doctrina al precio que fuere, incluso batallando contra otros monjes. En muchos textos antiguos encontraréis justificaciones a la guerra que practicaron los antiguos lamas, pero siempre estarán ligadas de forma inexorable a situaciones extremas de supervivencia. El abad, sin embargo, estaba dormido en su ansia de demostrar que sus enseñanzas eran las más perfectas, las más adecuadas a la realidad de Buda, y precisamente por ello no podían alejarse más de las palabras del Maestro y, a buen seguro, de las intenciones del V Dalai-lama. |