Andrés Pascual
El Compositor de Tormentas La infancia de Lobsang Singay
          El día que Singay cumplió cuatro años sus padres le regalaron su primer molinillo de rezos. Al momento trató de arrancar el palo que sujetaba el cilindro giratorio. Contaba cómo su padre le cogió las manos, se arrodilló a su lado y le habló cadencioso: <<No lo rompas, hijo mío, esta es la prolongación del brazo de todos los peregrinos del Tíbet>>. Después hizo que lo balanceara suavemente, dejando que la oración escrita en su interior fluyera al viento con cada giro.
          Ese día ocurrió algo que cambió su vida para siempre.
          Singay se asomó entre dos barrotes del balcón que volaba sobre la enorme plaza del monasterio de Jokhang, situada en el centro de Lhasa, y continuó haciendo girar el molinillo de forma persistente hasta que su padre le animó para que bajase a jugar. Salió del portal dando saltos desacompasados y corrió entre los puestos de comida, de hojalata y telas, divirtiendo con sus gestos de teatro oriental a los peregrinos que tras la visita al monasterio aprovechaban para hacer sus compras; en aquella época no había en el Tíbet muchos lugares como aquél, en los cuales abastecerse de todo lo necesario para pasar el invierno. Singay se introdujo entre las faldas de la vendedora de banderas ceremoniales y gateó sorteando las patas del caballete de madera. Mientras la tendera reía, salió corriendo por el otro lado con tan mala suerte que vino a estamparse contra la pierna de un soldado chino, rebotando con contundencia y cayendo al suelo.
          Durante los años anteriores a la sublevación de Lhasa, durante los cuales un jovencísimo Dalai-lama trataba de lograr una salida pacífica al conflicto, la convivencia diaria entre el pueblo tibetano y el llamado ejército de liberación no era violenta, pero la presencia china se hacía sentir en todo enclave de importancia, civil o espiritual, y en cualquier momento podía saltar una chispa incendiaria. Eso fue lo que estuvo a punto de ocurrir aquella mañana. El soldado agitó su pierna y se volvió con brusquedad apoyando la mano sobre la larga porra que colgaba de su cinturón al tiempo que escupía una queja con el habitual aire de desprecio con el que los reclutas se dirigían a la población.
          En ese momento el pequeño Singay sintió cómo alguien le cogía desde atrás y le levantaba en el aire, viéndose entre los brazos de un lama que le protegía contra su pecho. El lama se plantó ante el soldado, de menor estatura que él, y le habló en mandarín con fluidez a la altura del casco, haciéndose contemplar desde abajo. Mientras tanto apartaba al niño lentamente hacia atrás. El soldado le sostuvo la mirada durante unos segundos y, al no saber qué hacer, se volvió hacia su compañero fingiendo una carcajada de burla y reemprendiendo su camino por las calles del mercado. Singay se aferró con más fuerza al cuello del lama cuando éste trató de bajarle al suelo y comenzó a mover el molinillo de rezos por detrás de su cabeza, por lo que el lama prosiguió su paseo con el niño en brazos esperando a que se calmase.
          Un rato después, cuando le llegó el olor del pan de higo que acababan de extender en un tenderete, Singay levantó su barbilla, se volvió hacia el lama y le sonrió de forma embaucadora. Fue entonces cuando, sin dejar de saborear el pastel, señaló el balcón de su casa.
          El lama le acompañó hasta la entrada y se presentó a sus padres.
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