Su abuela Shamira vivía en una casita del barrio de Teh, con la valla alineada con las de su vecinas, en las traseras del mercado de la fruta. La ligera portezuela de entrada no cerraba bien. La salita de estar comunicaba a un lado con la cocina y al fondo con un jardín rodeado de setos. En la cocina hervía masala. El aroma del curry llegaba hasta los parterres donde la abuela se afanaba en recortar unos tallos con la delicadeza y el control de un orfebre.
Shamira se volvió y abrió los brazos. Besó a su nieta y a mí me cogió ambas manos. Girándose de nuevo hacia las flores me aseguró que ni un día desde que enviudó había descuidado el jardín en el que, durante treinta y cinco años, su esposo hablaba con ella al volver del trabajo, ambos recostados en las hamacas de cuerda que colgaban del único árbol.
Shamira sacó unas tazas de té y nos pidió que nos sentásemos a su lado.
Asha asentía mientras su abuela me contaba cómo su hijo, el importante constructor, seguía insistiéndole para que abandonase aquella casa y fuera a vivir con ellos ahora que las cosas marchaban tan bien y tenían sitio de sobra. Le pedía una y otra vez que dejase de torturar su espalda agachándose por el jardín del recuerdo y del olvido. El padre de Asha prefería olvidar los años del mercado de la fruta, que no le traían nostalgia sino olor a podredumbre. Él pensaba que hubiera sido más sencillo recordar desde su nueva casa, junto a la Puerta de la India, acompañada de una familia que la quería, con el sari planchado y perfumado cada mañana sobre la cómoda. Pero ella no quería recordar, sino revivir cada detalle. Shamira revivía con el esfuerzo, cuidando su jardín, viendo cómo las flores nocturnas abrían sus pétalos bajo la hamaca de su esposo, como si ellas también quisieran seguir escuchando las conversaciones tendidas del árbol. Y se sabía libre repitiendo lo que durante treinta y cinco años fue su único gesto de dedicación y entrega.
Cuando se abatió tras de mí la portezuela desencajada y volví a pisar el barrio de Teh me giré un instante. Asha siguió avanzando hacia el coche sin darse cuenta, entre los gritos de los tenderos que levantaban racimos de fruta fresca y gritaban los precios. Shamira miraba a través de la ventana de la cocina cómo nos alejábamos. Su rostro se deformaba entre las aguas del ajado cristal, pero en el centro permanecían inmóviles sus ojos negros, abiertos y seguros, sabiéndose dueños de aquel pedazo de suelo poblado de flores antiguas que renacían cada noche.
Me fui pensando que la conocía de verdad. |