Andrés Pascual
Mis Viajes El anciano del río de las cremaciones
          ¿Se pueden soltar solos esos tornillos? La azafata que me da la bienvenida cree que sonrío por cortesía.
          ¡Qué ocurrencia, perder una puerta en pleno vuelo! ¿Por qué acaricio el paño que cubre el reposa-cabezas? Hago cosas diminutas y pienso en cada una. Será el efecto de las pastillas de la malaria o la pena que me da despedirme de los sitios a los que sé que no regresaré.
          Dejo la libreta en la rejilla. Me gustan los aviones parados. Los auriculares, el cepillo de dientes plegable, los calcetines sin goma, la manta fina de la aerolínea, todo tiene su sitio en este universo cilíndrico que se extingue unas horas después de nacer. Los objetos del kit me devuelven a pasos agigantados a la realidad de plástico. Aún dispongo de unos minutos para arrojar a la pista, a través de la ventanilla sellada, algo de mí a cambio de lo que me llevo. También me gustan los despegues. Mi mujer y yo celebramos cada uno con un ritual íntimo. Mientras aumenta la velocidad le cojo de la mano y ella aprieta la mía. Al poco vemos la vida desde arriba. Chispea. Decimos adiós al monzón que deja carreras de lágrimas en el cristal. El sol estalla detrás de las nubes, cierro los ojos y afloran pensamientos un tanto místicos. Eso es por tener el cielo a un palmo.
          Ella se está quedando dormida. No le cuesta nada coger el sueño en los aviones. Apoyo la frente en la ventanilla y miro afuera. ¿Qué es todo eso? Pestañeo varias veces. Hemos subido tanto que además del espacio se contemplan los años. ¡Qué claridad, el mundo entero y la vida completa! Nunca me había ocurrido antes… A un lado veo todos los viajes. Me dedico a buscar un momento grande, nuestra mejor foto, casi como una postal, la que mejor defina los días pasados entre brillantes pagodas. Entonces la ventanilla se anega con una sola imagen. No lo comprendo. Es el cibercafé que hacía esquina en una callejuela céntrica de Puerto Maldonado, una localidad de la selva peruana que visitamos hace ya mucho, con suelos de tierra naranja y olor a cerdo asado en hoja de plátano. ¿Qué hace ahí? ¡Aparta! Ella despierta y también lo ve, al otro lado del cristal: un pequeño cibercafé por la tarde, con la verja recién pintada, la conexión a internet no operativa y nosotros sentados en los taburetes de la terraza. Está tapando todo lo demás, le explico.
          ¿Qué más podemos pedir?, dice ella. Ambos sonreímos. Yo con la marca roja de la ventanilla en la frente y ella con la raya que le ha dejado el almohadón hinchable en la cara. Le sigo apretando de la mano, aunque hace rato que hemos despegado. Ella tiene razón. ¡Qué maravilla, los dos varados en un pueblo que tenía el tiempo por castigo!
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