Andrés Pascual
Mis Viajes Una boda en Katmandú
          Dos días antes de regresar a España salimos del hotel y vimos que nuestro amigo nepalí nos estaba esperando. Todos juntos montamos en un taxi oxidado, con una pegatina en el cristal que ponía “transporte autorizado”. Pensé que había viajado en un montón de no autorizados.
          Nuestro amigo nos contaba cosas sobre la ciudad señalando desde el taxi esquinas y callejuelas en las que podía adivinarse algún tesoro oculto a primera vista. Disfrutaba localizando secretos escondidos en sus paseos. Todo Katmandú era un gran museo de culturas antiguas, con docenas de preciosas construcciones religiosas entre las que se habían instalado las viviendas. Me mostró pequeños templos en los que yo ni siquiera había reparado los días anteriores, a pesar de que había pasado por delante varias veces. Vimos un grupo de personas jugando al ajedrez en el suelo a la entrada de una antigua pagoda que a la vez servía de puesto para un vendedor de semillas. También vimos un buda tallado en roca delante de un comercio de televisores; y cómo habían apoyado en el regazo de la escultura la bolsa de la basura.
          Llegamos a casa en la que se celebraba la boda. Ya en la calle se apreciaba el ambiente festivo. Varios niños jugaban en el portal, imitando posturas de karate.
          Cruzamos hasta el patio de la casa. Era amplia pero muy rudimentaria. El forjado de algunas vigas asomaba desde el cemento, pero al menos servía para amarrar las guirnaldas de flores naturales que habían sido confeccionadas para la ocasión. La familia reía y comía, desperdigada bajo el sol que ya a esa hora resultaba difícil de soportar.
          Unos músicos interpretaban melodías nepalíes. El más joven llevaba un tambor colgado del cuello con unas correas. Lo hacía sonar con una maza que giraba en el aire entre cada golpe. Otros tres tocaban diferentes flautas, intercambiando unas y otras para arrancarles sonidos más graves o más agudos. La canción que escuchamos al llegar parecía una conversación entre un hombre y una mujer. Los invitados daban palmas mientras cada intérprete se explayaba en improvisaciones que luego contestaba el otro, bajo el pulso del tambor que golpeaba de forma rotunda, retumbando en el patio y fundiéndose entre los gritos de la gente.
          Nueve mujeres, como manda la tradición, portaban grandes platos de porcelana llenos de comida. Algunas se juntaron a cuchichear al vernos, pero al momento desplegaron sus mejores sonrisas y se acercaron a ofrecernos las viandas que habían preparado en sus casas. Casi todas las casadas del barrio traían consigo algún manjar para que los demás invitados comprobaran que en sus hogares se comía con abundancia. Aquel gesto convertía la boda en una verdadera fiesta y, al mismo tiempo, hacía las veces de buen augurio para el futuro nido del novio y su joven esposa. En una de las bandejas no había comida, sino velas de dos colores con las que ambas familias simbolizaban la unión. Los parientes se acercaban con alborozo para prender de nuevo las que el viento apagaba.
          Un hombre que se presentó como el padre del novio se acercó con dos primos que le seguían a todas partes y nos llevó a conocer al resto de invitados. Parecía que nuestra presencia adquiría más importancia que la propia boda, por lo que después de los saludos obligados al resto de personas mayores de la familia, consistentes en gestos y asentimientos de cabeza ante la imposibilidad de comunicarnos en idioma alguno, nos recogimos en un rincón.
          En un extremo, una niña miraba a Cristina con timidez, sin atreverse a acercarse.
          -Ahora vuelvo –me dijo-. Verás cómo me enseñó a bailar mi padre.
          Cristina se acercó a la niña. Consiguió arrancarle una sonrisa y al momento hizo que se subiera sobre sus pies. Entonces comenzó a bailar al ritmo de la música llevando a la niña consigo. Parecían una experimentada pareja que movía los pies al unísono, girando a través del patio y riendo a carcajadas mientras algunos invitados las observaban sorprendidos.
          Aún no había aparecido el novio. Según el protocolo debía llegar justo antes de la ceremonia.
          La novia esperaba en compañía de otras niñas, formando un corro. Su corta edad, el pelo y los ojos negros bajo la diadema dorada y el velo de gasa la imbuían de un aura angelical. Vestía una túnica roja de seda y satén. Encima, una capa bordada con motivos de orfebrería colgaba desde los hombros hasta el suelo. Sus manos y pies estaban tatuados con dibujos de henna y cúrcuma. De sus orejas colgaban los mismos aros con los que se casó su madre y que toda novia luce en Nepal como símbolo de virginidad.
          -¡El fuego, preparad el fuego! –gritó uno de los varones jóvenes que hacía labores de anfitrión.
          -¡Sí, el fuego! –contestaron los demás-. ¡Ya llega el novio!
          El novio se acercaba a la casa vestido con una chaqueta y un pantalón gris, y unos zapatos acharolados un poco grandes que le había prestado su padre. Llevaba un mantón blanco sobre los hombros. Todos se dirigieron hacia la puerta, formando un pasillo que el novio atravesó con orgullo y desparpajo. La novia permanecía quieta en el centro del patio, con una corona de flores en las manos como la que él traía consigo. El novio se detuvo unos instantes, observándole con emoción. Se acercó lentamente y ambos intercambiaron sus coronas, recitaron bendiciones y ataron a sus muñecas los amuletos que tenían preparados en los bolsillos.
          Los parientes más cercanos formaron un círculo alrededor de la pira que ya había sido encendida, rodeada de frutas. El sacerdote comenzó a entonar cantos en sánscrito mientras quemaba con parsimonia doce barras de incienso sobre un improvisado altar. Según nos dijo nuestro amigo nepalí, las oraciones hablaban del sacrificio que significa amar y de la confianza sagrada que representa la unión de dos jóvenes, una unión para toda la vida por respeto no sólo a la pareja, sino a sus hijos, a su comunidad y a sus dioses.
          El desposorio hindú era algo más que un contrato, era un reflejo de la fusión con las divinidades, aún cuando no se celebrase en un templo.
          Después de las lecturas los novios se hicieron diversas ofrendas ante la pira ceremonial y repitieron una promesa de apoyo mutuo. El sacerdote ató con un lazo el velo de la novia y el mantón del novio y juntos dieron siete vueltas alrededor del fuego, mostrando su propósito de superar unidos todos los obstáculos de la vida.
          Los invitados les alentaron y lanzaron pétalos de rosas mientras daban la séptima vuelta. Los novios reían. Él le aplicó a su reciente esposa un polvo rojo en la cabeza, dejando patente su nuevo estado de mujer casada, mientras ambos recibían la bendición del sacerdote.
          -Estamos casados –le dijo ella a su hermana volviéndose con disimulo.
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