Una tarde, durante nuestra huida, Gyentse trató de relajarse contándome la historia de sus abuelos Yarlung y Dyuna, de cómo vivieron la ocupación antes de que su abuela partiese hacia Dharamsala con su madre en el vientre.
Gyentse llegaba a emocionarse al narrarme las andanzas de Yarlung, un funcionario de Lhasa que sufrió la invasión desde el interior del palacio del Potala y que incluso compartió con el Dalai-lama sus últimos años de gloria antes del exilio. En aquel tiempo el futuro del Tíbet todavía se negociaba en los despachos de Pekín, todavía quedaban esperanzas para el debate histórico con China. Nadie presuponía aún que el pueblo tibetano sería pasado por la bayoneta. Desde que en el otoño de 1949 se proclamase por Mao Zedong la República Popular tras el avance final de las tropas comunistas, y más aún tras su oferta de liberar a los tibetanos del que consideraba un régimen feudal teocrático, Yarlung, el abuelo de Gyentse, adivinó cuál habría de ser el futuro de su pueblo si no reaccionaban a tiempo. Y fueron él y otros integrantes del gobierno quienes invistieron al joven Dalai-lama, cuando contaba con tan sólo dieciséis años, de todos los poderes temporales necesarios para gobernar. A partir de entonces Yarlung se convirtió en un sabio consejero del Dalai. No en uno de aquellos importantes lamas que convivían con él día y noche, sino en una de las pocas personas que no pertenecían a la clase monástica pero que aparecían en el instante más apropiado para aportar una clara visión de la realidad del momento y proponer soluciones. Yarlung fue el encargado de explicar personalmente al joven Dalai algunos extremos del llamado “Acuerdo de los 17 puntos” que una delegación del gobierno tibetano tuvo que firmar en Pekín para evitar la liberación por las armas. Ahí comenzó la caída.
<<¡Qué poco imaginaba mi pobre abuelo que aun cuando parecía haberse evitado una masacre sólo se había aplazado!>>, se lamentaba ahora Gyentse. <<Fue entonces cuando se hicieron todas aquellas concesiones políticas que ahora permiten a China refrendar su soberanía sobre el Tíbet>>, declaraba.
La invasión, pacífica o por la fuerza, ya no podía evitarse. Los soldados fueron asentándose en todo el territorio con motivo de la instauración de lo que denominaron la Región Autónoma del Tíbet, cuyos límites y organización se discutieron en Pekín entre el Dalai-lama y los dirigentes chinos durante más de un año. Yarlung, el abuelo de Gyentse, fue parte de la comitiva enviada a la capital china. Acompañó al Dalai como traductor y permaneció allí durante todo el tiempo que duraron las negociaciones. A su vuelta le dijo a su esposa que todo había acabado. Desde aquel día, convencido de la proximidad del fin, presionó a los asistentes personales del Dalai-lama para que éste abandonase el Tíbet antes de que su vida corriera peligro. Dos años después sus peores temores se cumplieron, aquella noche en la que el Dalai tuvo que huir a la India mientras Lhasa comenzaba a ser bombardeada tras la última sublevación popular. Yarlung supo que él tenía que quedarse y no le acompañó al exilio. Pero la abuela de Gyentse sí que decidió huir. Partió sin un solo miembro de su familia que le apretase la mano al andar por la nieve, acompañada de un cortejo de nómadas y monjes ocultos tras capas de cuero y lana. Y con la madre de Gyentse en el vientre.
A pesar de que Yarlung había dejado ir a su esposa, que bien podría haber perecido por las montañas que servían de línea fronteriza con Nepal, Gyentse se mostraba muy orgulloso de su abuelo, de cómo se había comportado durante la crisis y más aún durante los años que siguieron, en los que soportó la presión del régimen sin exaltarse a pesar de su fuerte carácter. Así logró pasar lo bastante desapercibido como para no perder su anterior estatus social y seguir disfrutando de una posición acomodada que aprovechaba para labrar con paciencia su lucha contra el invasor. No llegó a convertirse en un guerrero de campo, pero colaboró sin tregua desde el plano logístico, surtiendo de documentación a las facciones más activas de jóvenes revolucionarios. Guardaba docenas de carpetas atestadas de planos e informes escondidas en el sótano de su casa, rescatadas del Potala y de otros centros institucionales en los tiempos de la devastación. Él mismo las salvó del fuego y se las llevó una a una, escondidas en el interior de su abrigo.
Conociendo a Yarlung pude conocer mejor a Gyentse. El espíritu práctico y prudente que había heredado de su abuelo le había proporcionado, a pesar de su juventud, el aprecio y el respeto de los miembros del gobierno exiliado. Ello era más que meritorio dentro de una sociedad monacal en la que la vejez era un grado.
Todos tenemos algo de nuestros mayores, pensaba mientras hablábamos, y estaba claro que Gyentse era fiel reflejo de las mejores virtudes que los suyos podían ofrecerles.

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