Discurso inaugural del Día Mundial de la Cruz Roja y la Media Luna Roja 2011 con S.M. la Reina.
Quiero compartir con vosotros, amigos y voluntarios de Cruz Roja y Media Luna Roja, el texto que escribí para este día. Muchísimas gracias por invitarme a participar en vuestra celebración. Fue un honor e hicisteis que me sintiera uno más de esta gran familia. Podéis leerlo a continuación o ver la grabación en vídeo en mi canal de Youtube.
Majestad, autoridades, amigos.
Cuando los escritores nos sentamos frente a un folio en blanco tomamos aire, espiramos y confiamos en que acudan las musas. A veces lo hacen en forma de personas a las que amamos, de fotografías nostálgicas, de excitantes anhelos… El día que me senté a escribir estos párrafos apenas tuve tiempo de tomar aire. Puse el título en la parte superior (“Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja 2011”) y de inmediato sentí cómo cien millones de musas atravesaban mi pecho y se aferraban a mi corazón, dispuestas a guiar mi pluma.
Escuché cien millones de voces simultáneas: las de los voluntarios. Y cada una sonaba con la fuerza de otros cien millones: las de todas las personas que alguna vez, en los peores momentos de sus vidas, habían agradecido a sus dioses la aparición de entre el humo de la bandera blanca con el símbolo rojo. Rojo como la sangre que corre por las venas de dos hermanos. Rojo como los labios que se besan. Rojo como el sol que sale y el sol que se pone, brindándonos cada día la oportunidad de convertirnos en mejores personas.
Escuché cien millones de voces que me susurraban: <<Shhhhhhh, no le digas a nadie que los voluntarios somos aún más afortunados que aquellos a los que ayudamos; que por cada minuto que damos al otro recibimos una vida entera como recompensa. Shhhhhhh, no se lo digas a nadie, porque todo el que se entere querrá acompañarnos en nuestra tarea, y si vienen todos a la vez no tendremos suficientes banderas>>.
<<¿Cómo puedo estar escuchando cien millones de voces al mismo tiempo y entender lo que dicen?>>, me preguntaba. <<Porque todas somos una>>, respondieron al unísono, adivinando al momento lo que yo estaba pensando. <<Porque todas respiramos siguiendo el ritmo de las mareas, el ritmo de los latidos de un planeta maravilloso del que tanto los voluntarios como aquellos que nos necesitan formamos parte. Un planeta que respira más plácido desde que estamos aquí>>.
<<Yo también quiero unirme a vosotras>>, les dije, olvidando el discurso, dejando la pluma sobre la mesa y levantándome con un ímpetu inusitado. <<Yo también quiero respirar siguiendo el ritmo de las mareas>>. Y ellas me advirtieron: <<De acuerdo, pero primero tendrás que ver cómo son realmente las cosas. No queremos que nos acompañes sólo porque te hayas emborrachado de nuestra emoción>>. Asentí, cerré los ojos y encaramándome a la estela de aquellas particulares musas me dispuse a viajar con ellas a través del espacio y del tiempo. <<Te mostraremos cada proyecto exitoso, y también los frustrados>>, anunciaron las voces, <<cada guerra y cada paz reencontrada, cada hogar con las persianas tan bajadas que parece que ya no puede entrar la esperanza>>.
Salí de mi casa por la ventana y sobrevolé los tejados. Crucé el río Ebro y, tras atravesar una nube cargada de las lluvias de finales de Abril, me di de bruces con un escenario gris que me provocó un escalofrío. Estábamos en 1859, sobre el dantesco campo de batalla de Solferino. Las tropas de Napoleón acababan de derrotar a los austriacos y el suelo italiano estaba cubierto de soldados heridos abandonados a su suerte. Sangre, barro, frío el hierro de las armas, miembros arrancados y llantos mudos. En mitad de todos ellos, a un ginebrino recién llegado al lugar llamado Henry Dunant se le rompía el alma de indignación. Y sin dudarlo se dedicaba a organizar a las mujeres de los pueblos de los alrededores para socorrer a los heridos, fueran de un bando u otro. Ya no había enemigos. Sólo una compasión inmensa que, por momentos, iba adquiriendo la forma de una gruesa cruz de color rojo estampada en una bandera blanca.
Estaba tan sobrecogido por lo que veía que, sin darme cuenta, me introduje en otra nube. Y cuando salí de ella había tanta luz que cerré los ojos y a punto estuve de caer en barrena. Era el sol reflejando sobre el lago Leman de Ginebra. Por los carteles que colgaban de una regia fachada pude saber que habíamos saltado a 1864, y que en el interior del edificio se firmaba el primer tratado de Derecho Internacional Humanitario, preparado por el ya constituido Comité de la Cruz Roja. Planeé haciendo círculos mientras escuchaba los aplausos y los vítores a Henry Dunant y, ya entonces, comprendí que el mundo sería muy diferente sin su gran idea.
Crucé muchas nubes más. Y no todo fueron campos de batalla y nuevos tratados. También vi recogidas de juguetes, de ropa y de alimentos, y voluntarios redactando folletos de prevención para jóvenes y ancianos; vi donantes de sangre y de moral, y labores de rescate y acogida de desamparados. Una danza armónica por encima de la tragedia. Una danza muchas veces dura, arriesgada y, sobre todo, muy sacrificada.
<<¿Todavía quieres unirte a nosotros?>>, me preguntaron cien millones de voces, cada una con la fuerza de otros cien millones. Y yo, pensando en un mundo que se inunda en sus propias lágrimas, y en los voluntarios que se apresuran a secarlas con una caricia transformándolas en llantos de gratitud, contesté: <<¿qué mejor regalo se me podría conceder?>>.
Y recogí la pluma y escribí estos párrafos para celebrar que, un año más, el espíritu de Henry Dunant sigue vivo; para celebrar que continúa creciendo esta gran familia, como crece la entrega de los que ya formaban parte de ella; una familia que, como dice su lema, cada vez está más cerca de las personas. Y las escribí al ritmo de las mareas, al ritmo de los latidos de un planeta que respira más plácido desde que sabe que esta cruz y esta media luna pintan de brochazos rojos su cielo.
Muchas gracias.
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