Aprovechando la presentación de “El haiku de las palabras perdidas” en el Instituto Cervantes de Tokio, pasé unos días a caballo entre la capital y la maravillosa Kyoto. Los espíritus de los viejos samuráis hicieron coincidir el viaje con la floración de los cerezos. Millones de nipones se dedicaban día y noche a celebrarlo… y yo con ellos.

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